De avales, prácticas bancarias y hábitos de consumo.

Desde hace unos días, y a raíz de esta triste noticia sobre el lanzamiento de una señora de 85 años, debido a que avaló una deuda contraída por su hijo, he leído y escuchado comentarios de todo tipo al respecto.

Críticas al avalado por hacer pasar por ese trance a su madre, al acreedor, que en este caso no era una entidad bancaria, por negarse a negociar un alquiler con la avalista, que no pudo hacer frente a la deuda, y por el camino bastante ignorancia hablando de términos jurídicos, también leí comentarios muy razonables, hay que decirlo, pero las estridencias llaman más la atención sin duda.

Personalmente me desagrada que, a estas alturas de la crisis, no se hayan articulado mecanismos para evitar que acciones amparadas en la ley provoquen circunstancialmente situaciones materialmente injustas y de grave desamparo.

A grandes rasgos mediante la firma de un aval, el avalista garantiza el cumplimiento de una obligación económica, frente a un tercero para el caso de que el avalado no cumpla con su obligación. Me pregunto si el consumidor medio, (el ciudadano sin conocimientos legales avanzados) conoce esta figura o tantas otras de uso frecuente, sus repercusiones y las consecuencias del incumplir con las obligaciones pactadas. Y esto me ha recordado una historia.

Vaya por delante, que no soy defensor acérrimo del sector bancario, al contrario creo que se han hecho muchas cosas de manera incorrecta, aunque tampoco creo que sean los culpables de todos los males, y creo que es correcto que el consumidor tenga un status protegido, debido a que suele ser la parte más débil en las relaciones comerciales en las que interviene. Dicho esto, va la historia.

Año 2006-2007. Entidad bancaria. Unidad hipotecaria (dpto para la formalización de préstamos hipotecarios, desde la solicitud inicial hasta la firma en notaría e inscripción registral). Competencia feroz en el mercado de los productos bancarios. Todo dios metido a constructor y promotor inmobiliario. En el sector se afinaban los productos financieros buscando captar más y más “público”. Se llegaban a recibir recibir más de 200 solicitudes de préstamos hipotecarios al día. Había un director territorial que era tan poco profesional que un día propuso que se hicieran trampas, que se engañara al sistema, también pensaba que la productividad del departamento dependía de la ubicación de las mesas en la oficina, ese era el nivel. Afortunadamente el jefe de ese departamento era un gran profesional y nunca presionó para tomar decisiones peligrosas, de hecho el departamento fue sometido a tres auditorías externas, pasándolas todas con nota, el 98% de los expedientes se efectuaron conforme a las directrices y ratios establecidos, con la justificación documental correcta.

Y ahí estaba yo. Me encargaba desde analizar la propuesta, hasta ir a firmar a notaría como apoderado. Había días que salía de la oficina a primera hora cargado de documentación y mi jornada transcurría de notaría en notaría por toda la ciudad. Como podrán imaginar vi muchas cosas, desde propuestas razonables a solicitudes descabelladas. Vi a terroristas del sector inmobiliario campando a sus anchas, personas con 8 préstamos al consumo contratados, pagos en B que superaban al sueldo que constaba en nómina, vi nóminas falseadas, préstamos hipotecarios firmados con un diferencial pactado de euribor + 9 puntos…

Me llamó también la atención la fiebre consumista que se había desatado, clientes con escaso historial laboral y contratos no estables solicitando préstamos de cuantías obscenas, chavales de veintipocos años comprando viviendas y vehículos que difícilmente podrían pagar si sufrieran un mínimo contratiempo económico, era como si hubiera una necesidad compulsiva de gastar, se infravaloraba, casi se despreciaba el ahorro, el sentido común no existía, quien tomaba una actitud conservadora a la hora de invertir era un bicho raro. Es posible que esta conducta pueda haber sido sido provocada en parte por la agresividad del sector a la hora de vender sus productos, aunque esto en mi opinión eso no justifica ese fenómeno.

Pues bien, en medio de toda esta tormenta me encontré con algunos casos significativos, en los que a la vista del producto contratado (a pesar de que estaba correctamente tramitado, con la aprobación pertinente), las garantías exigidas (avalistas) o características personales de los clientes, aconsejé expresamente no firmar los correspondientes préstamos hipotecarios. Cuando digo expresamente significa que les dije directamente: “CREO QUE NO DEBERÍAN FIRMAR ESTA HIPOTECA, NO SE LO RECOMIENDO. ES DEMASIADO ARRIESGADO, NO FIRME”

Este consejo lo di a muchos clientes durante la tramitación del expediente, además reiteré en la propia notaría esta recomendación a no menos de 10 clientes, ¿sabe cuántos siguieron mi recomendación? Efectivamente, lo ha adivinado, ninguno.

Prefirieron comprar a sabiendas de que la cuota del segundo año sería un 30-40% más elevada, que cualquier disminución leve de sus ingresos les llevaría a no poder afrontar las cuotas del préstamo, que podrían perder la vivienda, ignorararon mis recomendaciones sobre reducir importe de préstamo, cambiar de producto hipotecario o esperar a disponer de otro tipo de contrato laboral. ¿Por qué? Aun me lo sigo preguntado, quizá el lector tenga una respuesta. ¿Hábitos de consumo? ¿Es eficaz la normativa de consumidores para combatir estos hábitos? ¿Falta cultura jurídica? ¿Carecemos de sentido común?

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Acerca de Raúl G. Gámez

Abogado.
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